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Rememorando un pasaje...


Cuando lo vi por primera vez, sentí que ninguna historia que había escuchado antes podía semejarse a los paisajes deshojados, libres de cualquier acopio procedente del amor o de la gracia de la naturaleza que tenía delante de mis ojos. Eran tierras baldías y gélidas emanando un tizne rojo procedente de los confines del mundo. Su reflejo, me hizo confesar que era la imagen más hermosa que había contemplado jamás.
Al fondo, imperante y quejumbrosa se encontraba la gran mansión, aquella que sería causante de todas mis desgracias. Y allí me veía, a las puertas de un destino desconocido, marchita y con el corazón roto, una joven con ínfulas de escritora, sin oficio pero con sueños atemperados en hojas de papel.
Lo tenía a él, mi cimiento más férreo, mi único consuelo entre las nieves que atesoraban los terrores más profundos, inscritos, del mismo modo que la joya escarlata lucía en mi dedo. A él, mi insigne caballero de cabellos oscuros como la noche, de formas celosas y rostro afilado. Mi humilde compañero, un soñador, al igual que yo.
Cruzamos el umbral de los claros yermos, con el frío escalando desde los pies hasta el pecho. Entré en la mansión ajena a la realidad que me acogía, con los dedos pétreos y los labios secos. Entré a un universo más triste que el anterior donde ni la lumbre del hogar conseguía apagar los rimbombantes sonidos del viento ni el crujir de la madera corrompida.
No me imaginaba como mi marido podría haber vivido en ese lugar desde su niñez, sus numerosos pasillos dejaban entrever oscuridades líquidas y auras negras rodeaban sus puertas... una especie de ataque de pánico se anudó en mi estómago creando un agujero negro.
Cuando el crepúsculo se ciño sobre el cielo, la nieve empezó a rodearnos, se colaba por el techo impulsada por la gravedad y en el centro del recibidor central, muy cerca del piano, comenzó a descansar. Lo primero que se paseo por mi mente al verla desde las escaleras fue aquel momento tan lejano que compartimos mi padre y yo haciendo ángeles en la nieve. Bajé las escaleras con la melancolía inundándome los ojos y me senté al lado del montículo nevado. Agarre un puñado con mi mano y en el contacto comenzó a transformarse en agua descendiendo por el dorso de mi brazo.
Decidí darle vida como personaje en mi novela y un destino mejor.

(Relato inspirado por La Cumbre Escarlata)

Fotograma de La Cumbre Escarlata



A la chica que se sentaba a mi lado


Un día conocí a una chica que hoy ha regresado a mi memoria. Recuerdo que no le gustaba sentarse sola en el autobús, sí, era así, contraria al resto de la gente que busca asientos de dos aislados. Llegué a adivinar que se debía a la soledad, no era una simple suposición, su persona emanaba un aspecto abandonado de caricias, de sonrisas y su ser más que brillar enmudecía en grises, pero la clave estaba en el detalle que narre antes, siempre se sentaba al lado de alguien en cada trayecto. A veces, me tocaba a mi ser su acompañante, nunca hablaba, solo miraba al frente aunque a veces la sorprendía mirando de reojo las conversaciones de mi "WhatsApp" y es que ella era así, una sarta de incertidumbre transeúnte, indescriptible para mí. Yo tampoco fui capaz de hablarle, me limitaba a observarla desde su lado o desde la lejanía, la curiosidad me dominaba, quizás porque en esa época era demasiado impresionable.
Ella no era extremadamente atractiva, vestía de forma descuidada y no dejaba adivinar sus armas por debajo de la ropa, aún así tenía ese algo, esa chispa que no tiene explicación. Siempre llevaba una mochila y varios cuadernos en las manos, nunca escuchaba música, ni leía, ni como ya he dicho antes conversaba por lo que llegue a suponer que no se aburría consigo misma.
Cada mañana que la veía se me hacía más familiar su rostro, su corte de pelo, reconocía sus pantalones y chalecos, incluso sus cuadernos.
Se convirtió en un juego contra mí misma, se volvió dulce y amargo al mismo tiempo, más tarde salado; tal y como cree ese universo de pensamientos, se desvaneció, la chica se esfumó. Al principio la veía esperando en la parada o en un asiento de espaldas pero realmente la confundía con otras personas y desde ese entonces, no he vuelto a saber de ella.
Si algún día tengo la suerte de encontrarla de nuevo, le hablaré y no me quedaré con las ganas de saber a que huelen sus sábanas.