Los girasoles muertos solo escriben una vez al año
mariposas encontradas y
lirios desgastados.

Un fallo, el equilibrio
el desierto del designio
un acierto, me confundo
el desliz se hizo trama.

Derroche de energía aúrea
disculpas, revistas,
esto es otra era.

Ya no duermo mientras existo
solo describo los grises, los blancos
ya dejó la negrura su manto.

Que la muerte me critique
que se apiade del delirio
un sueño, la reliquia del tiempo desvastado.

Iluminado,
realizado,
Encontrado.

Voz


Mi voz desaparece por momentos
se ahoga en mi garganta
y se niega a salir,
si fuera por ella llevaría días dormida.

Ha perdido fuerza, potencia y ganas
no quiere luchar ni desperdiciarse si no merece la pena
ya sabe que no es valiosa pero solo se tiene a sí misma
y si desaparece, lo haremos las dos.

Me duele la garganta, me aprietan las formas
y el sacrificio.
La cabrona solo quiere beber, eliminar lo rasposo que haya en ella
y no romperse, aunque yo le pida que lo haga.


¿Merece la pena o necesitamos un cambio?

Cambio de estilo, colocación
y hábitos.

Detrimento


Me desintegro en grises
de desdicha y comienzos.

La piedra caliza se rompe por momentos,
solo los fósiles del tiempo consiguen homogeneizar su superficie,
la realidad se distorsiona y enmudece.

Me confunde la incertidumbre,
el río y el lago
que llevan consigo cascadas de precipicios,
vivos y muertos,
solitarios y acompañados,
con fluidez permisiva hacia el instinto de ningún lado.



Miranda (The Tempest) - John William Waterhouse

Volver a volver


Me sangraste la vida,
me sacaste todo lo bueno:
la literatura,
los pájaros de la inspiración.
Te llevaste aquello que era solo mío
y ahora me encuentro vacía
sin palabras ni rimas,
vendida al  paso del tiempo,
negada al placer de la soledad.

Me alejé de mí misma para hacerte desaparecer
y perdí mis manías,
ahora soy muy distinta a cómo imaginaste,
abandoné a la tristeza en el sótano,
tiré mi música,
mis ojos,
mi olfato,
mi nombre.

Abracé a la rutina como la mejor de las compañías
¡Y ya no tengo sueños!
¡ni anhelos!
ni pasos certeros
y me descubro recordándote,
con medias sonrisas
al borde del precipicio
con el vestido del infortunio.

Quiero volver a volver a quererte,
quiero volver a volver al adiós.

Tengo miedo a salir de tu cama. Estoy en tierra conquistada y no quiero poner un pie fuera, hace tanto frío... que no puedo evitar sentir el reinado del verano, marcado por sus subidas de temperatura constantes y su sed apabullante.
Siento tus piernas enroscadas a las mías bajo las sábanas tornasoladas, tu respiración sosegada, el adhesivo de tu piel y el abrigo de tus manos.
Al despertar, te siento alrededor de mi cuerpo, empapado por tu tacto y no siento deseos de zafarme. No puedo imaginarme otra noche sin ti pero sé que vendrá, inundándome de insomnio y resurgiendo a los pájaros de la inspiración.

Livher est fini - Victoria Francés



Por toda la eternidad

Cuando la maleza cubra tu manto marmóreo
la noche derrame su brillo
la brisa vislumbre el frío
la niebla desaparezca...
Te mandaré a llamar
para que inundes mis horas desiertas.
Nos alojaremos en mi inhóspita casa,
nos sentaremos en las maderas quejumbrosas
y te rozaré el rosto con el dorso de mi mano
mientras veo como sientes la aridez del desierto,
sin marcharte.
Me apoyaré sobre tu regazo
ilustrado en poemas ensimismados
dentro de palabras engarzadas en el olvido,
y me abandonaré.
Confiada de tus promesas,
cuidando de mis pesadillas,
de mis nervios y de mi océano.

Cuando despierto
la soledad me aguarda
y ya te has ido.

Las tormentas de arena se han levantado contra mí,
te han sepultado
y llevo días buscándote, escarbando por si te encuentro
con las uñas ensangrentadas y las manos ennegrecidas.
Todavía recuerdo aquel día en el que rocé con el dorso de mi mano tu pómulo
desprestigiando tus deseos febriles,
dejando paso al aliento marchito de mi boca
acabando con lo poco bueno que quedaba en ti.

Tengo la esperanza de que
algún día la maleza cubra nuestra lápida,
la lluvia nos limpié,
el sol nos caliente
y la podredumbre nos de cobijo
por toda la eternidad.

Los ojos verdes

Hylas and the Nymphs - Waterhouse


"—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos."


Los ojos verdes, Gustavo Adolfo Bécquer